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TU VIAJE CON fotoguiarios

Visita nuestro blog en el que vas a encontrar todo tipo de historias relacionadas con la pesca a mosca, la gestión de aguas, el montaje de moscas artificiales, así como artículos de opinión o noticias de lo sucede alrededor de nuestra afición. También podrás leer artículos de nuestros invitados, algunos der ellos reconocido pescadores de mosca de España.

 

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Insomnio

Yo nunca he sido de mucho madrugar, la verdad. Desde muy pequeño me gustaba irme a la cama habiendo visto el mensaje del Rey en la tele, pues era difícil que me venciera el sueño, y aun luego, ya tumbado, me pegaba un buen rato dando vueltas para un lado y para otro mientras hacía un repaso de lo que me había ocurrido aquel día y, sobre todo, especulaba cómo iba a ser el siguiente, qué aventuras iba a correr cuando llegara el alba. Y así con mi cabeza jugando a indios y vaqueros, o a piratas, Morfeo se hacía con mi voluntad. Pero había una noche al año en el que yo ganaba a aquel dios del sopor, había una noche en la que no hacía falta que mi padre me despertara, si no que más bien era al revés, había una noche en la que me levantaba varias veces a ver si todo estaba en su sitio…

jesus carmona jovenY así todos los años, porque solo una vez cada trescientos sesenta y cinco días se abría la temporada de la pesca de la trucha.

Del pez vivo a la mosca

Mi primera trucha la saqué en el embalse de Beleña con una lombriz ensartada a un anzuelo y un sedal que había encontrado en la orilla, y esto atado a un palo. No llevé caña puesto que no tenía licencia para pescar. En el Henares no nos la pedían y me tiré mi primera infancia pescando sus aguas de furtivo, hasta que me empezaron a llevar a los embalses primero y de truchas después. Mi padre, que no tenía carnet de conducir, se arrimaba a cualquiera que lo llevara a pescar y cuando podía metía con calzador a alguno de sus hijos dentro de ese coche. A mis nueve años mis hermanos ya no pescaban con lo cual ya era yo el único que tenía derecho a la okupación de asientos en coches ajenos. Aquellas aperturas de principios de los ochenta tenían siempre un mismo ritual. Ante la riada de gente que se esperaba por los arroyos de La Alcarria, nuestro escenario preferido, cada tercer domingo de marzo mi padre y sus compañeros solían escoger el recién llenado embalse de Beleña. El día de antes íbamos a pescar cachos y bogas, muy abundantes antaño en el Henares o al arroyo del Zaire, que luego pasaban toda la noche allí mismo dentro del agua en un rejón.

pradena atienza bornoba Las tres de la mañana era la hora de salida en aquellas jornadas, pero yo estaba despierto desde el sábado, así que después de desayunar mientras que mi madre preparaba unas viandas calientes para ese día, bajábamos cargados de cañas, pinchos, cajas de mecánico repletas de boyas y poteras, y sedales del 0.40 dentro de viejos y pesados Sagarra, y en la puerta de casa viendo pasar a los noctámbulos, esperábamos a quien nos habría de llevar a pescar. Una vez iniciada la marcha, teníamos dos paradas obligadas; la primera para recoger los peces y volcarlos en un bidón con un oxigenador que nos amenizaría con su machacante soniquete todo el camino, y la segunda en Yunquera o Humanes para comprar pan recién hecho en la tahona, y cuyo penetrante olor también nos acompañaría durante todo el trayecto desatando el deseo de hincarle el diente en nuestros estómagos.Dos horas antes de que el sol se alzara nosotros ya estábamos en la orilla, y rara vez éramos los primeros. Ahora tocaba poner los peces en el agua de nuevo, y el niño, que solía ser solamente yo, con una linterna rebuscaba una leña que año tras año escaseaba más en las inmediaciones del aprisco en el que nos instalábamos, y que nos venía muy bien para combatir las temperaturas bajo cero que todos los marzos nos daban la bienvenida, y luego, a media mañana, llenar el pan con una panceta o un chorizo recién hecho. Para cuando yo volvía con el combustible, las cañas telescópicas ya estaban desplegadas y faenando, con aquellos peces que antes habíamos pescado y que ahora moribundos intentaban arrastrar a duras penas una boya de corcho con la capota pintada de rojo. En ese momento comenzaba la temporada.

pesca mosca rio bornoba No fueron muchos los marzos que yo empecé así. Mi culo inquieto hizo que en cuanto mi padre se descuidaba yo me hiciese a patrullar la orilla del pantano cada vez más lejos de él con una caña de cucharilla primero, y luego, y sin tener ni puta idea, con una de mosca. Y ya en la temporada de 1988 bajé de la mano de Antonio y Paco Pepe al Bornoba, siendo esa la primera apertura sin mi padre, la primera en río, y la primera en que pescaba solamente a mosca.

Para un chaval de quince años aquella primera jornada fue una aventura de primer orden, nunca había vivido nada parecido. Siendo ya de día a lomos de una Renault Express, nos metimos bajo las faldas y la niebla de un Alto Rey que luego nos dejaría ver su cima nevada. El impacto que me causó contemplar Prádena de Atienza a la vuelta de una curva lo tengo tan fresco en la memoria como su hubiera sucedido ayer mismo. Era la primera vez que veía un pueblo de pizarra, y era tan abrumador lo que tenía delante de mis ojos que tuve que decirle a Antonio que por favor parara un minuto, quería grabar en mi retina la imagen que desde el otro lado del barranco del río Pelagallinas tenía de aquella ladera llena de casas negras con tejados que se fumaban la leña de los impresionante robles rebollos que rodeaban el pueblo (ahora la teja árabe y el enfoscado han ganado la batalla). Reanudamos la marcha para cruzar Prádena por una angosta calle que pasaba por ser la única asfaltada de aquella antigua aldea que gozó de cierto esplendor durante la minería de la plata en el siglo XIX y que ahora languidecía entre la niebla como tantos otros pueblos de la zona. Aquella vía nos soltó de cabeza en unos altos prados, salpicados de rebollos, jaras y tinadas en las que rebaños de ovejas se asomaban curiosas a nuestro paso y donde las perdices cruzaban el valle de un solo vuelo. Afrontamos la bajada al río por un camino en el que la furgoneta iba más tiempo en el aire que en el suelo, esquivábamos piedras, charcos, ramas y barrancos por los que el agua, al igual que nosotros, se despeñaba hacia el río, y así tras varias revueltas y algún reguero más, arribamos a la orilla del Bornoba. Después de asomarnos al cauce y con el ansia de la pesca metida en las venas, al abrigo de la tapia de una tinada dimos cuenta de las viandas que cada uno trajo, y puede que fuera una de las primeras veces en mi vida en las que se me trató como a un adulto,mina la constante bornova nada que ver con el proteccionismo que ahora se le otorga a un chaval de quince años. Los tres comimos del mismo plato, los tres fumamos del mismo tabaco, los tres combatimos el frío de la misma petaca y los tres, a la limón pescamos un mismo río, un torrente de montaña prístino como nunca antes había visto y en el que solo una trucha salió a darme la bienvenida al mundo de la pesca a mosca, pero en el que comencé a saber distinguir entre un insecto y otro, entre un fresno y un chopo, o las diferentes palabras que un pescador de mosca utilizaba para denominar lo que hasta entonces siempre había sido una corriente, y sobre todo a descubrir que la pesca iba a ser una línea de vida en la que tan importante como los peces eran las personas que me iban a asegurar.

Esperando el domingo

Treinta años después de aquello la excitación sigue llamando a mi puerta ante la llegada de la temporada.

Los barbos primero, nada más colgar las cañas de 7´6” y lineas 3 han paliado mis ganas de pesca recién cerró la temporada de trucha. Cada día me divierte más visitar Extremadura para patear orilla con una 9´ línea 6 en busca de una cebada, es una caza, un precioso rececho bajo los últimos rayos de sol del otoño que templan unas mañanas frescas en las que ya se avistan las nieves en las cumbres de Gredos, y en las que las moscas de foam son las reinas del cóctel, pero es una fiesta que se va acabando según baja la temperatura y se acortan los días. Entonces me paso al lance. A cada rato que sale bueno pasadas la Navidades, me acerco al canal que tengo en un parque urbano detrás de mis casa a practicar lances que antes no conocía o a mejorar los que siempre he sabido, pero siempre desde una perspectiva más cercana a la pesca que a la exhibición, antes que los metros busco la precisión y dominio de la línea en mi distancia habitual de pesca. De regreso a casa, y con un café junto al torno para quitarme el sabor del veneno de la pesca que ya empieza a fluir a chorros por mi garganta, comienzo a montar moscas de un modo desenfrenado mientras veo brotar las yemas de los árboles que anuncian que abril ya está aquí, y todo para llenar unas cajas ya de por sí abarrotadas de las que tendré que sacar moscas para meter las nuevas, pero es que lo tengo que reconocer, soy un yonqui del montaje.

pesca mosca rio bornovaY así paso un invierno en el que me toca aguantar en las RRSS la cara sonriente de gente que posa junto a truchas comunes pescadas en plena época de freza, algunas en intensivos, y otras rebuscando entre las puertas traseras que todas las órdenes de vedas se dejan. Y todavía duele más cuando reconoces el río, que en ocasiones, es justo el que pasa por debajo de mi casa. Esta pesca de truchas en invierno que antes era muy residual últimamente se está convirtiendo en una costumbre sobre la que las autoridades tendrán que tomar decisiones cuanto antes.

Y aquí ando, de madrugada, tres días antes de que llegue el domingo, compartiendo recuerdos en voz alta, asaltado por el insomnio como cuando era un niño, mientras en mi cabeza suena el rumor de la corriente y mis ojos ven en la oscuridad de la noche la imagen multicolor de una trucha comiendo.

Despierto como un búho cuento las horas para poder aislarme cuando quiera en mi fortaleza de palos, zarzas, pozos y agua. La temporada ya está aquí.

 

Jesús Carmona “Calambres”, cofundador y director técnico de www.fotoguiarios.com.

Agradecimientos a Jacobo Fernández por las fotos.

Tags: pesca mosca, pesca redes sociales, Relato